viernes, 22 de enero de 2016

Jefe, no puedo volver a casa


  Por Nadine Busquets

 A tan solo escasas horas de haber culminado una rutina de trabajo que implico el arriesgar su vida durante 24 horas al servicio de la comunidad en el sector donde patrulla, Jesús, exhausto y ansioso no pudo regresar a su casa a descansar junto a su familia.

 Le explicaba a su jefe como en días pasados, justo frente a su residencia en una barriada caraqueña, cuerpos policiales ajenos a su entidad iniciarían un despliegue organizado contra delincuentes que residían en el sector. La búsqueda arrojó sus frutos y dejó como saldo más de una decena de fallecidos, de esos que otrora mancharon sus manos con sangre de personas inocentes y, hasta en algunos casos, de policías.

 Esa era la causa por la cual Jesús no podía volver con tranquilidad a su hogar junto a los suyos. Aunque no participó en la redada, tan siquiera se encontraba en el lugar del hecho en el momento del mismo, él reside allí y su familia también, “viviendo” con el miedo a resarcimientos y venganzas por el hecho de ser un servidor de las normas y las leyes.

 Hasta dónde, nos preguntamos, llega el brazo de la ley y no solo para resolver y atacar crímenes callejeros sino para proteger a quienes les combaten a diario como Jesús. Dónde está el Estado “protector” y garante que se ocupe de las necesidades de funcionarios quienes a diario salen de sus casas portando con orgullo el uniforme de la digna institución que representan y que sienten el temor de volver a su terruño.

 De necesidades hablamos no sólo de beneficios socio económicos, méritos o estatus, hablemos de calidad de vida, de seguridad, de estabilidad, hablemos de su derecho intrínseco a la vida, de proteger al policía tal y cual como él juró proteger a la ciudadanía.

 No podemos hacernos la vista gorda ante la alarmante mortandad de funcionarios policiales que caen a diario ante nosotros víctimas de delincuentes ensañados y ensimismados en su maldad procurando dañar al prójimo. 

 No permanezcamos indiferentes ante este flagelo que, sin cavilar, llega a nosotros. No son sólo funcionarios que yacen sin vida en las calles de una ciudad altamente peligrosa, son también hombres, mujeres, jóvenes y niños que se desploman ante la malevolencia. Personas que temen salir y volver a sus hogares en busca de paz, de esa que no encuentran en la calle, en sus pensamientos, en la cotidianidad del día a día.

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