viernes, 7 de marzo de 2014

La guerra de las cifras




En el país ocurrieron 17.962 homicidios durante 2013. Eso según cifras del Cicpc. El número sí demuestra una disminución, pero no de 17% como lo aseguró el Ministro de Interior, Justicia y Paz, Miguel Rodríguez Torres, si no de 9,2%. La tasa por cada 100 mil habitantes quedó entonces en 65,9. El área Metropolitana de Caracas sumó víctimas, no las restó. De acuerdo a la policía científica se totalizaron 3.948 asesinatos. Hasta el 5 de marzo de 2014 se habían registrado 3.072 caídos.


María Isoliett Iglesias

La muerte llegó a Venezuela como suele hacerlo en temporadas de guerras declaradas: voluntariosa, violenta, avasallante, impertinente. A su paso solo deja un espeso olor a pólvora y a sangre, que repugna y da miedo. Llegó, sin saberlo, envuelta bajo el manto de la impunidad y gracias a eso se hace cada día más y más fuerte.

Karina Hernández la vio de cerca cuando un hombre tiroteó a su marido, el 4 de enero de 2013, frente a ella, a sus hijos y a sus sobrinos, y a cantidad de personas que, a las 9:10 de la noche de ese viernes, estaban en la avenida Sucre de Catia.

La buseta donde llegaron desde Camurí Chico, en Vargas, se paró frente a una de las entradas de la estación del Metro Gato Negro. Los pasajeros comenzaron a bajar. Karina se levantó de su puesto y al voltear vio que la mujer que acompañaba al hombre con el que su marido había discutido a las 2:15 de la tarde, en la playa, estaba también en el porpuesto. Sin prestarle atención a la coincidencia, se bajó de la unidad. Su esposo, Antony Gioser Parra, lo hizo después. Ya en la calle, una moto lo interceptó. "Estaba terminando de bajar unas cosas de la camioneta cuando el parrillero le disparó tres veces directo a la espalda. Al verlo, era el hombre de la playa", dijo Karina.

Antony trató de correr, pero a los pocos metros cayó. El hombre lo alcanzó y le disparó tres veces más directo a la cabeza, y luego huyó. Karina, sus dos hijos, su sobrina y el esposo de ella, ayudaron a orillar el cuerpo mientras conseguían un taxi para llevarlo hasta un centro asistencial. Lo acercaron hasta el hospital Periférico de Catia, pero la muerte fue rápida y no quiso dar tiempo a que médicos lo socorrieran.

El asesino le reclamó a Antony que su cocker, cachorra y juguetona, le olfateara la pierna.

"¡Esta maldita perra!", gritó el hombre cuando la mascota se le acercó. "Tranquilo, hermano. Es mía. ¿Te hizo algo?", le preguntó Antony. "Me olió la pierna", le respondió. "Si quieres te compro un frasco de alcohol, si fue que te infectó", le dijo Antony. "Ese alcohol no va a ser suficiente para ti", contestó el desconocido. "¿Me estás amenazando?", replicó Antony. "Déjalo así", agregó el hombre y luego se dio la vuelta y se fue.

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David Hernández no entendió muy bien cómo fue que de una pelea a gritos y luego a puño cerrado, pasaron a ahorcar a su hijo con un cable de ventilador el 3 de mayo de 2013. Tampoco logró explicarse cómo es que en medio de una discusión que terminó con un muerto, una persona pudo seguir durmiendo.

Eso fue lo que la novia de su hijo le dijo a la familia cuando llamó para contar lo que había pasado. El sábado en la noche, Edixson Joneffer Hernández, de 29 años, el hijo de David, había ido al Bloque 11 de San Antonio de El Valle, donde vivía su pareja. Ahí se reunió con ella, y con dos amigos más. Ella explicó a los deudos, que se acostó a dormir y que cuando se despertó, Edixon estaba muerto. Agregó que los tres amigos habían tenido una pelea pero ella no tenía detalles, porque no estaba en ese momento.

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Las manchas sin sentido, cada vez más densas y rojas, se regaban en la ropa de la niña de once años mientras corría. Adolorida, con las heridas abiertas, llegó hasta el módulo de la Guardia Nacional que está ubicado en la entrada de la Ciudad Socialista Belén, en Guarenas. Corrió poco menos de un kilómetro.

Mientras recuperaba el aliento y aguantaba el ardor de aquellas rajas hechas en el cuello y en el pecho, pidió ayuda para su hermano y un amigo que se habían quedado un kilómetro más arriba con un hombre armado con un cuchillo.

A las 7:10 de la noche de ese sábado 29 de junio de 2013, un grupo de efectivos de la Guardia Nacional se llevó a la niña hasta el hospital del Seguro Social. Allí la estabilizaron y la trasladaron hasta el Pronto Socorro de la Gobernación de Miranda. Una vez asistida fue llevada hasta el hospital Domingo Luciani de El Llanito, pues necesitaba de especialistas que en los otros sanatorios no había. En ese centro  se recuperó. 

Mientras un grupo de militares se ocupaba de la jovencita, otro se fue hasta el sitio que había indicado la niña de once años. Y ahí, adentro de una alcantarilla de la Terraza Cero, encontraron los cuerpos de los niños: uno de diez años y otro de nueve años. El menor era el hermano de la pequeña. Los dos habían sido degollados.

Los tres muchachos, que vivían en la vereda donde Ciudad Belén colinda con el barrio Guacapara, estaban buscando mamones en la zona boscosa de la Terraza Cero, muy cerca de unas construcciones que allí se levantaban.

Poco antes de las 7 de la noche del sábado, un hombre tomó a la pequeña y la llevó, a la fuerza, hasta los matorrales; allí intentó forzarla. Ella luchó y el hombre, con el cuchillo que llevaba, la hirió en el cuello y en el pecho. El hermanito de ella, y el amigo escucharon los gritos y lograron llegar hasta el sitio donde el hombre mantenía a la niña.

Se lanzaron sobre la espalda de aquel maleante de 17 años y lograron que liberara a la pequeña. Ella corrió, ellos se quedaron peleando. Cuando los efectivos de la Guardia Nacional llegaron, ya no había nada qué hacer.

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La muerte, uniformada de violencia criminal, trabajó cada treinta minutos en Venezuela y cada dos horas en el Área Metropolitana de Caracas, durante 2013. 

En el país fueron asesinadas 17.962 personas según cifras ofrecidas, de forma extraoficial, por fuentes del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas, es decir una tasa de 65,9 por cada 100 mil habitantes, tomando en cuenta que la población, según el último censo realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas, es de 27.227.930 habitantes.

En el Área Metropolitana de Caracas se totalizaron 3.948 homicidios. La cifra incluye aquellas víctimas que murieron tras enfrentarse a organismos policiales y cuya muerte entra en una tipificación diferente a la de homicidios.

La totalización de crímenes ocurridos en Venezuela demuestra que hubo una disminución de 9,2% y no de 17% como dijo orgulloso el ministro de Interior, Justicia y Paz, Miguel Rodríguez Torres. En 2012, según cifras ofrecidas por fuentes del Cicpc, en Venezuela ocurrieron 19.786 asesinatos y 2013 cerró con 17.962.

Pero la resta no se mantuvo en todas zonas de la nación. En el Área Metropolitana de Caracas, por ejemplo, hubo un aumento de 1,34% con relación a 2012. Ese año cerró con 3.895 homicidios y 2013 con 3.948. El incremento, según se pudo conocer, se reportó en el número de caídos registrados en el Municipio Libertador, el cual sumó 145 víctimas. En 2012 se contabilizaron 3.113 y en 2013 se totalizaron 3.258. 

Los otros cuatro municipios, que le dan forma al Área Metropolitana de Caracas, registraron una disminución total de 92 caídos.

En el Área Metropolitana de Caracas las zonas donde la muerte suele afincarse con mucha más fuerza son: Petare, Catia, Antímano, Carapita, La Vega y 23 de Enero.

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En Venezuela ponerle números a la muerte se ha vuelto una tarea titánica. Las estadísticas se convirtieron en un punto de honor, pues se volvieron sinónimo de eficiencia o ineficiencia. Los números dejaron de ser instrumentos de análisis para crear políticas públicas que le pongan coto a una realidad temible, que cobra fuerza a punta de muertos.

Es así como extraoficialmente funcionarios del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas dicen que en 2013 ocurrieron 17.962 homicidios. 

Por su parte, el Observatorio Venezolano de la Violencia hizo una proyección y aseguran que fueron 25 mil los caídos el año pasado. Argumentan que en esos números, no oficiales, hay un porcentaje de personas fallecidas cuyas muertes quedaron tipificadas como averiguación muerte, pues no se logró dilucidar si se trataba o no de un homicidio. Ante eso, los investigadores de esa ONG presumen que sumando cuerpos a esa tipificación es como las autoridades logran maquillar los números, y por eso ellos lo suman.  

Y el ministro de Interior, Justicia y Paz oficializa una disminución de 17% que para él significa una tasa de 34 asesinatos por cada 100 mil habitantes. 

Durante la exposición de la memoria y cuenta que presentó ese mismo ministerio ante la Asamblea Nacional, para mostrar la gestión llevada a cabo en 2012, se dijo que habían ocurrido 16.072 homicidios en Venezuela durante ese año. La tasa por cada 100 mil habitantes era entonces más de 50.

Las declaraciones de Rodríguez Torres, actual ministro de Interior, Justicia y Paz, deben seguramente referirse a una disminución basada en esa cifra. Nunca habló de números netos, solo de porcentajes y tasas.

De haber disminuido entonces en 17% el índice de homicidios ocurridos en 2013, debieron perpetrarse 13.340 asesinatos en todo el país. Eso significa una tasa de 48,9 por cada 100 mil habitantes y no de 34 como declaró el titular del despacho. De ser cierta la tasa por cada 100 mil habitantes, y no el porcentaje, entonces en el país sumaron 9.257 homicidios aproximadamente. No hubo forma de aclarar con el propio ministro la distorsión de las cifras.

Por otro lado, trascendió que hasta el 6 de marzo del corriente 2014, se han registrado 3.072 caídos en todo el país. Según esta cifra ofrecida de forma extraoficial por fuentes de la policía científica, el promedio de un asesinato cada media hora se mantiene.

Hasta ahora no ha habido declaraciones oficiales en torno al número de homicidios ocurridos durante el año en curso. Sin embargo, queda claro que la muerte campea y lo hace confiada gracias al manto de impunidad que la envuelve. Qué más da que sean 25 mil, 17 mil, 13 mil o 9 mil los caídos durante un año -o 3.072 en 65 días- si cualquiera de las cifras es alarmante. Son sinónimos de ineficiencia, de despreocupación, de incapacidad, de falta de voluntad... Y lo son también de lágrimas y dolor infinitos que en épocas de guerras declaradas, y no declaradas como en el caso de Venezuela, también llegan violentos, avasallantes e impertinentes.


Una versión de este trabajo fue publicado por la revista Clímax
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