viernes, 30 de marzo de 2012

Apóstoles del crimen


Foto cortesía: Diario La Verdad

Por Juan José Faría

Fernando se echaba la culpa de la muerte de su hermanita. Se apuñalaba la conciencia cuando las lágrimas de su madre terminaban en su boca, cuando los ojos del mundo se postraban en su casa, cuando el rostro de Karen Berendique Betancourt se apoderó de todas las últimas páginas del país.

El día que se decidió a contarme lo que había pasado, ya el insomnio y el llanto habían hecho estragos en su mirada. El breve temblor de manos acababa de a poco y el ahogo en la garganta se asomaba de cuando en cuando. Se sentó al lado de su padre, el cónsul honorario de Chile en Maracaibo y tomó fuerza agarrándose de los muebles para rememorar, una vez más, aquella noche ingrata del 16 de marzo.

Poco importa que Karen y Fernando hayan salido de su casa en una Trail Blazer gris que utilizan todos en la familia. Menos interesa que atravesaron unas calles para salir de la próspera urbanización Monte Bello, donde vivían, para adentrarse en los callejones oscuros de un barrio de mala reputación llamado Teotiste de Gallegos, el atajo más cercano entre el poderoso sector y la avenida Milagro Norte.

Pero sí importa, y mucho, que los hermanos siguieron las marginadas calles del barrio hasta que un hombre con chaqueta negra, rostro iracundo y pistola en mano, apuntó, de golpe y sin titubeo, a la cabeza de Fernando, conductor de la camioneta.

Pensó que era un secuestro, dijo después. La calle oscura, la reputación del barrio, los lujos de su carro, la escasez de avisos y de emblemas y la presencia brusca de un hombre de chaqueta que apunta su cañón no tenía otra respuesta para el muchacho.

Habría pensado que los delincuentes lo perseguirían. Miró a su hermana, Karen, que viajaba de copiloto, y movió con fuerza la palanca hasta estar listo para retroceder. La estreches de la calle lo obligó a hacer solo una cosa: seguir de retroceso durante dos cuadras. Así salió. Adentro, el conductor miraba hacia atrás para no impactar con las casas del barrio. Karen, por su parte, se preguntaba a gritos qué pasaba. Solo quería llegar a la casa de José Crespo, su amigo de bachillerato, para celebrar su cumpleaños. Afuera, en la calle, un enjambre de balas cortaban el aire y obligaban a los vecinos a pegar su mentó al pavimento. El conductor de una camioneta blanca seguía a toda velocidad los pasos de la Trail Blazer mientras dos motorizados se incorporaban en la recién comenzada persecución. Eran las 10 de la noche. Los proyectiles amenazaron vidas esa noche. Una de las balas que esa noche volaban libres se alojó en la pierna de Darwin Medina, un obrero llevado a menos que esperaba las arepas que un viejo con problemas visuales le brindaba por unos favores hechos a medio terminar.

Pero Fernando no vio nada de eso, pero sí escuchó, claro, cuando una de esos ardientes plomos atravesó el parabrisas y le rozaron la sombra y los nervios. Karen se llevó las manos a la cabeza. Tenía miedo.

En la calle 22 del barrio Fernando enderezó la dirección y se fue derecho por donde había llegado. Buscaba su casa, sus padres… Pensó que un grito, un movimiento en falso lo salvaría del secuestro o de la muerte. Ya los hombres estaban detrás de él tropezándole los pasos. Escuchó cuando las balas se comían el metal de su vehículo y terminaban, casi muertas, en el espaldar de su asiento.

Ya muy cerca de su casa notó que Karen tenía su cuerpo a la mitad debajo del cojín. La cabeza hacia abajo le llamó su atención. Dijo su nombre, mientras el caucho trasero amenazaba con abandonar la persecución después que un plomo le sacara todo el aire. Se desesperó cuando tocó el cuello de la joven de 19 años. “Cuando vi sangre, me asusté mucho”.

Karen Vanessa Berendique Betancourt era la menor de los cuatro hijos del cónsul honorario de Chile en Maracaibo. Estudió en el colegio Rosmini y en el Alemán, todos al norte de Maracaibo. Por vivir concentrada en sus estudios, sus mejores amigos los cosechó en la última institución y, aun cuando hayan pasado dos años desde que salió de esos salones, mantenía el contacto vivo.

Unas horas antes de que le dieran dos balazos en la cabeza y uno en la mano derecha, había hablado con su amigo José Crespo. Era su cumpleaños y ella quería llevar el mejor de los regalos. Habló con Génesis, amiga de ambos, para planificar la sorpresa. José le pidió que no llegara tarde pero ella nunca cumplió. Esta vez aún la esperan.

Cuando Fernando vio la sangre de su hermana en sus manos, se dio por vencido. No escapaba de un secuestrador con chaqueta negra y pistola 9 milímetros. Huía de una desgracia familia, de un sinfín de dolor, de una vida de llanto, de un sábado en el cementerio, de una lluvia bajo la funeraria y un altar triste en el medio del recibidor de su casa.

Así que frenó. Se entregó a los criminales a tres cuadras de su casa. Bajó el vidrio cuando un motorizado se acercó a la ventana de su vehículo. Notó, por las letras luminosas que llevaba en la espalda, que era funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científica, Penales y Criminalísticas quien le perseguía.

Preguntó, con gritos amarrados en la garganta, por qué le disparaban, pero no encontró respuesta. Solo vio cuando una camioneta blanca con las siglas del CICPC arrollaba al funcionario con quien acababa de hablar y que, probablemente, le había disparado poco antes.

Entonces llegó el resto. En total eran doce hombres con chaquetas negras y credenciales oficiales que, a juzgar por la conducta de unos instantes atrás, le daban permiso de matar. Uno de ellos le apuntó, pero a Fernando poco le importó que uno de esos cañones escupiera un hierro más en su contra. Su hermanita, la consentida, la que se reía de forma escandalosa, la que bailaba en una academia y se moría por mostrar sus dotes de danza en cualquier parte, se desangraba a su lado.

Los doce hombres lo atacaron casi de inmediato, pero su padre lo defendió hasta con su ausencia. “Soy hijo del cónsul de Chile”. Eso los hizo dudar, a los funcionarios, pero no mostraron un ápice de respeto. Acostumbrado a matar, gritó alguien en medio de la entrevista, cuando ya Fernando dejaba que las lágrimas le aceraran la cara y el temblor de voz se convirtiese en carraspera.

Uno de los funcionarios lo empujó y lo ofendió. Otro lo miró de reojo, como prometiéndole un cachazo antes de terminar la jornada. Él solo miraba a su hermana, media muerta, media viva, media ella y media nadie a la final.

Fernando esperaba un disparo, pero corrió hasta el lado del copiloto para sacarla y pedir ayuda. La tomó por los brazos, pero su fuerza lo traicionó. Él peleaba consigo mismo para no dejar caer el cuerpo de la joven, pero su llanto y terror no le provocaban otra cosa que flexionar las piernas. “Grité ayuda. Todos me miraban y nadie hacía nada. No les importó. No les importó”, repitió el muchacho.

De los doce apóstoles del crimen, uno de ellos traicionó su credo y, como Judas, tendió una fría mano. Montó a la joven en el asiento trasero de la camioneta y dejó que Fernando hiciera el resto: enderezar a su hermana para que no le siguieran golpeando los pies cuando trataban de cerrar la puerta, como si fuera un mueble viejo y pesado del que había que deshacerse rápido.

Y se la llevaron. Obviaron una docena de clínicas cercanas y la llevaron a un modesto centro asistencial casi al centro de la ciudad. A Fernando no lo llevaron. Él se quedó a esperar la presencia de sus padres y a llorar en hombros conocidos. Cuando llegó al hospital convirtió el llanto en grito, y el intento de protección en culpa, y el dolor en odio, y el odio en impotencia.

Una hora después sus amigos la despidieron. La esperaban en la fiesta de José Crespo, pero llevaron la fiesta a la emergencia. Allí la abrazaron y la despidieron con palabras al oído, con últimos adioses y promesas de hasta pronto. Una vez ella se negó a estudiar en Chile para que sus amigos estén siempre juntos. Su padre la dejó estudiar en Maracaibo, pero ahora los amigos del Alemán están incompletos.

La palabra cónsul nunca fue tan efectiva. En menos de cinco horas el cuerpo de la muchacha removió las oficinas de la Policía científica, despertó a fiscales y forenses, sobresaltó a toda la diplomacia extranjera en el país y mantuvo en zozobra al Gobierno. A la ciudadanía, que lloraba una pena ajena, le revivió la rabia.

Fernando es abogado internacionalista y en su casa saben cómo comportarse. Han escondido el dolor íntimo para ellos mismos y de sus bocas solo salen palabras de aliento para el resto del país. Ellos, que ha perdido una parte de ellos mismos, saben que no hay escapatoria en las riberas del Arauca Vibrador. No sienten rabia por una tierra extranjera, ni recriminan directamente a los funcionarios que juraron seguridad a su prójimo. Reprochan, claramente, la falta de autoridades, de interés por acabar con los asesinos, de erradicar la violencia por parte de quienes representan este país.

No piden justicia, pero la esperan. Y no la esperan como una falsa frase que llena caracteres en un periódico ávido de palabras. La esperan para que la muerte de una princesa resulte una salvación para el resto de sus connacionales. Porque ella era venezolana.

La velaron en la funeraria Zulia. A la naturaleza no le pareció lo suficientemente dramático que una estudiante de 19 años haya muerto a manos de policías con armas y sin conocimiento. Así que mandó una nube marrón y unas gotas amargas que se confundieron con el llanto y se inmortalizaron con el luto de sus deudos.

Los apóstoles del crimen fueron presos, como un bozal de justicia a todos los que la reclamaban. Nadie escatimó en acusaciones y tiradores y lacayos obtuvieron las mismas imputaciones: homicidio calificado con alevosía. Los doce.

Y parece haber terminado todo. Con los responsables presos, las páginas de los periódicos cansados del mismo tema y un nuevo muerto que llorar. En casa del cónsul el dolor apenas comienza. Sacaron paraguas en el entierro y a diario miran el menudo altar juvenil. Muchos les han dicho que la vida continua, pero para ellos la muerte apenas comienza.

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