miércoles, 14 de julio de 2010

El sepulturero de Los Puertos

Foto cortesía. La falla es de origen

Texto: Juan José Faría

La haría llegar a su casa, le taparía la nariz con el trapo envenenado y obstruiría su respiración con sus propias manos.

Ya la fosa estaba hecha al lado del gallinero y debajo del cementerio de chatarra doméstica de la casa. La lanzaría allí, sin ayuda, frunciendo las vértebras y quebrando los brazos pálidos de su mujer. El cuerpo caería a unos pocos metros de profundidad, como saco de cemento sobre la arcilla caliente caliente, y cada montón de tierra enterraría, no solo a la mujer, sino cada minuto de rabia que había sentido al recibir la negación del concilio conyugal.

Hoy, ese patio, es el cementerio criminal del peor recuerdo de la familia, pero antes era el criadero de las gallinas que despertaban a diario a Leidy y a sus hijos. Un árbol de mamón le perturbaba la entrada al calor. Las gallinas parecían objetos en exhibición detrás de los alambres llenos de excremento. Unos electrodomésticos viejos avisaban que todo se estaba pudriendo con el tiempo, hasta el amor. La tierra, rojiza y suave, le daba la tonalidad opaca y sombría al patio, donde una silla deshilachada siempre esperaba por Ramón a la hora de fumar un cigarrillo y donde la familia se refugiaba de los sofocones que daba el verano zuliano e infinito de El Puerto de Altagracia, tan rodeado de playas como de malos momentos.

El tono amarillento de las paredes desenmascaraba sin pudor la ruina económica. Desde el umbral siempre se podía ver la carretera ya olvidada del barrio Bella Vista, que es más bien un caserío cercano de la casi obligada modernidad de Los Puertos. La casa siempre tuvo la tonalidad del barrio. Tan pobres ambos, como alejados del resto de la población. Nunca existió la envidia entre vecinos. La pobreza los ha arropado a todos.

En esa misma pobre casa, que compartieron por casi nueve años, Ramón Segundo Valbuena mató a su mujer como liberación salvaje de su frustración; luego, el cinismo le serviría para esconder las sombras de culpa que salpicaban su presencia.

A veces, después de haber enterrado a Leidy Coromoto Escalona, una mujer de bien conservados 30 años, Ramón caminaba cual vagabundo, alrededor de la nevera vieja que estaba en el patio y se sentaba frente a ella con la mirada en el piso. De cuando en cuando dejaba ver una lágrima y con sus dedos temblorosos se la secaba. Todo lo hacía frente a su suegra cuando, juntos, recordaban que su mujer, la que lo había abandonado unos días antes del Día de las Madres del año pasado, seguía desaparecida y sin rastros de tratarse de un abandono voluntario.

Ramón Valbuena fue, para sus hijos, sus suegros y sus vecinos, un hombre que pasaba por la vida como un fantasma. Conocido en el poblado de Bella Vista del estado Zulia, como un hombre trabajador, de vida monótona y sueldo bajo, con pocas aspiraciones…
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Para esta familia, el año pasado les entregó, desde el inicio, peleas diarias. Las acaloradas e insultantes palabras se adueñaron hasta de los ladrillos desnudos que le daban forma a la vivienda improvisada donde vivía la familia. Leidy, de risa escandalosa, poco pudor para las bromas y temperamento fuerte, esperaba que su hombre, el que había estado preso hacía años por robar unos cables telefónicos, le ofreciera una mejor vida. Ramón, todo lo contraro. Llevaba el andar pausado y la apatía en la frente; quería a sus hijos y les daba lo que podía.

Ante aquella desidia, Leidy decidió dejarlo. No esperó que la pobreza la consumiera. Así que durante los primeros días de mayo abandonó a Ramón. Se fue con otro. Ramón se quedó en la paupérrima casa con sus hijos, escondiendo el desespero de la frustración. A los pocos días, el hombre abandonado supo que Leidy vivía con Juan Carlos, el amante, en Los Jobitos, un poblado tan cercano a Bella Vista como lejano para Maracaibo, ambos enredados en el calor Zuliano. Ahí los patios siguen siendo de palmas de coco y los vecinos eran bienvenidos a cualquier hora. Ahí la risa de Leidy tenía más espectadores que en la roída vivienda de quien sería su pareja anterior y su asesino eterno.

Al enterarse de la traición, se ahogó en ira, y por muchos días hurgó entre la entrada de la casa y las respuestas de la mujer que lo había dejado. Así que planeó, con detalles, cada uno de los movimientos. El amoníaco lo compró en una farmacia. Consiguió un trapo cualquiera. Cuando tuvo ambos, pensó en cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro.

Así que comenzó a cavar un hueco en el patio de su casa y pidió al mayor de sus hijos que lo ayudara. El muchacho no se negó, pero le desconcertó la petición.

-Es para hacer un pozo séptico- le dijo Ramón, con la plena convicción de que allí acabaría el excremento familiar.

Cuando todo estuvo dispuesto, Ramón llamó a Leidy y le pidió que regresara a buscar las cosas que había dejado. Era la excusa.

Tal como lo planeó, Leidy entró y Ramón, con el trapo envenenado cumplió el cometido.

Días más tarde, el segundo domingo de mayo, Ramón fue a casa de sus suegros. Luego de festejar el Día de las Madres, les confesó a los padres de su ex mujer que ella lo había dejado por otro. Explicó que poco después del abandono, supo que Leidy se había ido en un taxi, con la infidelidad a cuestas, rumbo a Maracaibo. Nadie sabía nada de ella y todos se preocuparon.

Ante la falta de noticias, Ramón corrió a una comisaría y denunció que Leidy había desaparecido. Con las incipientes investigaciones se determinó, aunque con muchas dudas, que pudo ser una huída voluntaria. Pero nunca hubo conclusión de algo. Eso sí, había un sospechoso: Ramón. Pero nada más. Faltaban pruebas, indicios... faltaba todo.
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Desde que Ramón visitó a sus suegros, las pesadillas fueron constantes. En sueños, sentía el sofoco de la mujer luchado contra el trapo apretado a la nariz… luego recordaba la sensación de cómo se desvanecía la vida de su compañera en sus brazos. Después, sin perder detalle revivía cómo, todavía caliente, la enterraba en el patio de esa casa que alguna vez fue un hogar.

Ante los repetidos y cada vez más agudos remordimientos, Ramón decidió confesar todo. Lo hizo un mes después de ese fatídico Día de las Madres. Llegó a la misma comisaría donde hizo la denuncia de la desaparición de su mujer y se declaró culpable. Luego entre lágrimas, describió con detalle cómo fue que pasó todo.

Para los policías, Ramón siempre fue el principal sospechoso, aunque no encontraron pruebas que lo incriminaran.

Después de la larga confesión, los oficiales llegaron a la destartalada y calurosa casa, y fueron, junto al asesino, hasta la nevera. Comenzaron a desenterrar y a encontrar cosas. De la fosa donde enterraron el cadáver de Leidy, que había construido Ramón junto con su inocente hijo, primero sacaron varios de los objetos inútiles de la casa. Luego el cuerpo.

El penetrante olor del cuerpo descompuesto asqueó a todos los que allí estábamos. El rostro de la muerte plantado con el barro, mortificó, con su presencia, a los vecinos asombrados. El asco creció cuando cada movimiento, cada escombro, cada pedazo de cemento, dio razón a todo lo que había confesado Ramón. Había detallado, con parsimonia y sin titubeos, cada uno de los pasos que dio y dejó de dar para dar muerte y enterrar el cuerpo de su esposa.

Ante aquel crimen casi perfecto, todos se preguntaban por qué el sepulturero de Los Puertos se delató. Nadie entendía, pero él, Ramón, sí lo tenía claro…

-El cuerpo de Leidy lo tenía enterrado en la cabeza- dijo el hombre, arrepentido, unas horas antes de ingresar al retén de Cabimas.
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