martes, 15 de junio de 2010

La voz de nuestros lectores

María Fernanda F. es trabajadora social. Nos escribió el 26 de mayo luego de escuchar una entrevista con César Miguel Rondón. Su voz está hoy aquí porque vale la pena vivir con ella su experiencia… Hoy, con menos miedo que antes, trabaja en uno de los tantísimos que rodean a Caracas. En una oportunidad se quedó atrapada en un tiroteo. Sobrevivió, pero el momento la marcó. Ése es el que hoy comparte con nosotros…

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Nací y crecí en un barrio caraqueño. Soy Trabajadora Social y durante el año 1998 y parte de 1999, estuve haciendo encuestas de población y familia en Petare, todo Petare.

Fue una experiencia difícil pero enriquecedora. En una oportunidad nos agarró un tiroteo. Fue un sábado a las 10:30 am. Éramos un grupo de 6 muchachas y estábamos divididas en dos subgrupos.

La única proveniente de un barrio era yo, por lo tanto me desenvolví mejor cuando me tocó encontrar vías de acceso para ubicar al resto del grupo.

Nos refugiamos en una casa, allí se escuchaban los tiros. Era espantoso. Y ciertamente los niños no se inmutan por el sonido de los disparos. En esa casa pequeñísima, había un nené de 4 años y simplemente seguía conectado al televisor, no parecía importarle. Fue mi tercer o cuarto tiroteo, pero el que más me impresionó: estábamos lejos del sitio donde ocurría la guerra, sonaron los disparos (antes eran menos), todo el barrio quedó en silencio ( y es una constante que hoy día se mantiene) y luego los gritos de dolor, el barullo.

Había caído un malandro, un adolescente.

Yo ubiqué los callejones correctos y llegamos a la calle principal donde estaba el resto del grupo. El grupo se reagrupó y nos guarecimos en la casa de la mamá de un malandro que habíamos conocido dos días antes (él no conocía que significaba UCV). Las muchachas querían salir y yo les pedí que esperaran, sabía que faltaba que pasara algo más. Y así fue. Llegó la policía de Sucre, tomaron al moribundo y lo lanzaron dentro del jeep, con mucha fuerza, me imagino que allí si se terminó de morir, luego comenzaron la "captura" de un testigo, comenzó una batalla entre la policía y los hombres que estaban en el sitio. Las mujeres comenzaron a lanzar objetos contundentes contra los policías, desde la parte alta de las casas; luego de unos minutos, la policía capturo a un “testigo” y lo lanzaron en el jeep junto al moribundo.

Casi de inmediato, una mujer sacó un tobo con agua de su casa y lo echó sobre el piso donde minutos antes estuvo el herido. La sangre corrió por la calle y paso frente a mis pies; la imagen me recordó a un matadero de ganado, y todavía no se me olvida. La algarabía seguía.

Pasó una camioneta por puesto y alguien la detuvo. “Saquen a las de la universidad” gritó alguien… y nos montaron a todas. En la puerta de la camioneta se colocaron dos malandros que a lo largo del trayecto iban silbando muy, muy fuerte. También gritaban para anunciar que había caído un conocido, no recuerdo el nombre del infortunado. Nos acompañaron casi toda la ruta. Se bajaron antes de llegar a las adyacencias de El Metro. Hasta allí llegó mi resistencia, me senté en el piso de la estación a llorar, fue una experiencia muy dura.

Sí, me imagino que ese niño de 4 años actualmente tendrá 16 años (si sobrevivió), y para él debe ser normal el sonido de las balas, pero pienso que para la gente que vive en el barrio, el sonido de las balas siempre causará zozobra, temor... es algo inmediato; es saber que seguramente una vida se está yendo. Después del golpe de las balas siempre se escucha ese silencio pavoroso, tan horrible como los sonidos de los plomos; indistintamente del sector donde uno viva, la presencia de la muerte y de la violencia, espanta.

Sigo trabajando en barrios, en un sector donde ya me conocen un poco y me siento más tranquila. Claro, sigo sintiendo un frío, que solo lo puedo describir como un vacío en el estómago, cuando entro a la zona más álgida o cuando uno de los “duros” de la zona me mira fijamente porque piensa que me estoy entrometiendo en sus predios. Gracias a Dios me ha pasado solo dos veces.

sábado, 5 de junio de 2010

Tiros, drogas y lágrimas... último adiós

Video cortesía de un policía. La falla es de origen.
Entierro de un malandro en 2009 en un barrio de El Cementerio.
Agradecimiento especial al Capitán Bizarro por la edición.

“El clima de violencia también ha influido sobre las maneras de realizar los diferentes ritos funerarios (…) Los ritos fúnebres evidencian la creencia de una vida en el más allá. Las ofrendas son las provisiones brindadas al difunto para que le acompañen en el viaje. (…) La variedad de los homenajes está determinada por rasgos característicos de la vida del fallecido”. Cultos y Cementerios de Eugenia Villapose.

Las balas se convierten en lágrimas y el bramido de las motos en gritos desgarrados. La droga y el alcohol alimentan el dolor y la rabia. Y todos juntos: las balas, el rugido de las motos, el alcohol y la droga se convierten el en trampolín que impulsa la declaración de guerra, esa que se desatará para vengar la muerte del que hoy lloran.

Pero también hay música y baile. Las bocinas de los carros entonan las canciones que en vida le gustaban al que ya no está. También suenan melodías que amigos, familiares, esposas, novias o queridas, deciden dedicarle para darle el último adiós: salsa, reggeaton, vallenato y hasta rancheras. Mientras alguien canta, los seis amigos que levantan el féretro y se lo apoyan en los hombros para sacarlo de la sala del velatorio, se disponen a bailar al muerto. Sincronizados en el balanceo, dan cuatro pasos hacia adelante y dos hacia atrás. A veces el balanceo se hace en el mismo sitio. Así empieza la entrega.

Hay tiros. Los hay en la funeraria, en el sitio preferido del muerto, en la vía hacia el cementerio y en el cementerio. Los niños que acompañan a sus padres en aquella despedida espeluznante, ni se inmutan. Mientras las balas suenan, ellos bailan, inocentes, al ritmo de la canción dedicada. No entienden que hay una guerra, sólo la viven y juegan en ella. Así son algunos velorios en los barrios de Caracas… Cantan, tararean, juran venganza, lloran, bailan. Fuman, aspiran, beben del pico de distintas botellas: anís, ron, cerveza... Y hasta las mujeres disparan al aire. Ellas también saben cómo es que en los barrios se declara una guerra.

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