jueves, 13 de mayo de 2010

Sábanas que acurrucan la muerte



El rojo empapa rápido el trozo de tela. La figura sin sentido se hace cada vez más grande. Hay llanto salado, dolor rancio, impotencia amarga, miedo ácido. Hay también una bala de por medio. Sólo una.

Han pasado ya seis horas desde que el plomo atravesó a José Antonio Querales por el costado derecho. Él, que salía de una fiesta que se celebraba cerca de su casa, no tuvo tiempo de pedir ayuda. Caminaba solo a las 3:34 de la mañana cuando alguien o algunos le dispararon. Fue una bala que salió desde lo más profundo de un callejón.
José Antonio trató de caminar, pero sólo atinó a dar unos cinco pasos, no más. Después se desplomó, se desmayó y de a poco dejó de respirar.

A las 6:10 de esa misma mañana, Juana Querales salió de su casa para comprar el periódico. Acostumbrada a la guerra de su barrio capitalino, no se extrañó al ver de lejos el cuerpo de un muchacho. Se persignó, murmuró una oración, quizás una petición, y decidió acercarse. A pocos metros del cuerpo ya sabía quién era. Su corazón empezó a galopar y trató de correr.

Llegó rápido. Cuando tuvo el cuerpo a sus pies gritó y se dejó caer de rodillas. Tomó la cabeza del cuerpo frío y desangrado, la acurrucó en su pecho y lloró desesperada.

-Hijo, ¿Por qué te mataron?

La pregunta era el eco de otras 25 que hasta ese domingo, madres y tías pronunciaban, una y otra vez sin encontrar una respuesta.

Después de apretar a su muchacho, Juana lo acomodó en la calle, se levantó toda llena de sangre y corrió a su casa. Adentro, nerviosa, con la voz temblorosa y los ojos mojados, despertó a su hija sin disimular la noticia. Y mientras le exigía que corriera a la casa de su hermana María para contar lo ocurrido, ella se apuraba a conseguir una sábana. Agarró la primera que encontró.

Ya otras veces había tenido que donar alguna para cubrir el cuerpo de alguien que también a tiros había muerto en su barrio. Así trataban de hacer un poco más digna la espera.

Rápido regresó y arropó a su sobrino, ése que había vivido con ella de tanto en tanto. Lo acomodó. Y a su lado se quedó sentada. Ahí junto a José Antonio la muerte empezaba a hablar. Su voz era la de Juana, la del asesino, la del que iría a recoger el cuerpo, la del funerario que vendería el servicio a la familia, la del que prepararía al muerto, la del que lo enterraría, la del que quizás profane su tumba…

Pero hoy empezamos por escuchar a Juana. Las voces colmadas de dolor siempre son las primeras que hablan… Sus historias, como las de todos, empiezan con un tiro y con muchas lágrimas, con horas de lágrimas. Las de Juana sólo se secaron un rato pasadas las 9:30 de la mañana de ese domingo cuando un furgón de la morgue de Bello Monte llegó a recoger el cuerpo.

A esa hora, y como tantas otras veces, la tela sirvió para algo más que para esconder el cuerpo de los curiosos y de las moscas. Sirvió para que los furgoneteros la convirtieran en parihuela y con ella pudieran levantar a José Antonio y luego lanzarlo adentro de la cava. Sirvió además para bajarlo y dejarlo en la sala de autopsias una hora después. Su sábana, esa que lo había arropado del frío una noche antes, que había protegido a su bebé cuando dos días atrás se lo llevaron para que pasara el día con él, que había secado lágrimas y que había sido testigo de la creación de una vida, lo acompaña hoy y lo acurruca hasta el final.

Las sábanas siempre están allí entre las voces de la muerte y las miradas. Es una constante que se repite en el país. Más de cien mil pedazos de tela se han empapado de sangre porque en Caracas, las sábanas también acurrucan a los que mueren a tiros.
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