
En la vía hacia la morgue de Bello Monte, Fredie Méndez agarra el volante de la ranchera verde con la mano izquierda y con la derecha se persigna.
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Estoy llegando para ayudarlos. Yo los ayudo, ustedes me ayudan… No me dejen sin trabajo hoy. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.
Todo eso lo murmura. Cuando está cerca de la medicatura, Fredie pide ayuda a los muertos y a cambio promete ayudarlos. Así empieza su rutina cada día desde 1989 cuando decidió dedicarse a vender servicios funerarios no sólo en hospitales. Su verdadero negocio, desde hace unos siete años asegura, está en la morgue de Bello Monte. Y lo es, porque en Caracas mueren a tiros cada día, un promedio conservador de seis personas, es decir una cada cuatro horas.
Su ranchera que está equipada y adaptada por él mismo, para que funcione como carroza fúnebre, la estaciona en cualquier recoveco que encuentra. Nadie lo escarmienta, es buen amigo y hasta “socio” de alguno de los trabajadores de la morgue.
Cuando se baja de su carro remozado, Fredie hace un paneo. Saluda a todos los que conoce: el señor del quiosco, las vendedoras de empanadas y café, la gente encargada del mantenimiento, los choferes, los furgoneteros, los asistentes de patólogos, los patólogos y otros funcionarios que a diario están allí.
Luego conversa con algunos de los trabajadores de la medicatura que ya tienen algo palabreado y negociado con cualquiera de los deudo. Otras veces, cuando no están sus “socios” le toca a él solo hacer el trabajo.
- Es algo parecido a lo que hacen los periodistas. Uno les llega por debajito, les pregunta, les ofrece, estudia y lanza la oferta. A veces me ayuda uno que otro trabajador de la morgue que son los verdaderos zamuros. Ellos cuadran el asunto y se lo pichan a uno y se ganan un porcentaje, porque eso no es de pana… A veces le entro directamente… Eso sí siempre trato de ayudar al familiar para que el muerto me lo ponga todo facilito, además el que hace bien, se le devuelven puras cosas buenas.
- ¿Es distinto ofrecer esos servicios en los hospitales y en la morgue?
- Es casi lo mismo, solo que en los hospitales no hay casi comisionistas… le llegas directo a los familiares. Las mafias, que están integradas por los mismos trabajadores de funerarias, van y embaucan a los familiares. Presionan y montan una guerra psicológica para que escojan una determinada funeraria para ganarse la comisión ellos mismos… A ellos les conviene quedarse con el trabajo… En la morgue pasa lo mismo, solo que la mafia no está integrada por ningún empleado de funeraria…
Fredie recuerda que cuando se llegaba nuevo a un hospital, por ejemplo, y la plaza ya estaba ocupada, le saboteaban el trabajo. Por eso ocupó el turno de la noche que era el que estaba desprovisto de servicios.
En los hospitales estuvo seis años, exactamente hasta 1995. En ese tiempo compartía sus vueltas entre los centros asistenciales y la morgue de Bello Monte. Después la inseguridad empezó a sumar vidas y el negocio se concentró en la medicatura. Desde entonces han pasado 15 años.
Hoy es uno de eso días en los que la morgue está especialmente dispuesta para que Fredie trabaje y haga buen dinero. Es lunes y el fin de semana cerró con 53 ingresos desde el viernes. Las caminerías, el estacionamiento y hasta el hall están en ebullición porque las entregas están retrasadas.
El mercader de la muerte llega. Son las 9:16 de la mañana. Comienza a ir y a regresar y a volverse a perder en ese hervidero de llantos, gritos, sollozos y lágrimas mudas. A las 10:30 ya tiene listos dos servicios para la funeraria donde trabaja y tres que ofreció por su cuenta, que son los más económicos, para ayudar a esas familias de pocos recursos.
- Los servicios de La Virgina (la funeraria para la que trabaja) cuestan nueve mil bolívares
fuertes. La ventaja es que ahí aceptamos tiroteados cuando en la mayoría de las funerarias no los aceptan. Claro que primero vemos a los familiares y les hablamos claro. De eso me encargo yo. Los más baratos de hoy fueron dos de dos mil quinientos cada uno y otro de cuatro mil quinientos. Esos sí son solitos míos; los monto con mis implementos y mi gente. Lo único que queda por resolver es el cofre que lo compro directo en la fábrica, la preparación del muerto que la cuadro en la funeraria, y el entierro o la cremación…
Fredie es un hombre de 43 años, de piel enrojecida; abdomen voluminosos gracias a las bondades de la cerveza; de cabello oscuro; a veces de bigotes poblados, otras de desnudos labios delgadísimos; siempre de mirada hueca; y de carcajada siniestra. Hoy con una pericia curtida con 29 años de labor, todo lo consigue hacer con la destreza de una anguila.
Por eso, hoy, está contento. Ha sido un buen día. Quizás le quede tiempo para negociar algún otro servicio, pero con esos cinco se da por bien pagado. Así que a las 10:45 se monta de nuevo en su ranchera acondicionada, se vuelve a persignar y se va a disponerlo todo.
-En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, amén. Gracias.
Acelera y se va a buscar a sus amigos para cumplirle a los muertos.
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Un cofre de latón, preparación del cuerpo, permisos, catafalco (unos burros que se usan para sostener la urna), cristo y traslados al cementerio, quizás la cremación, 2.500 bolívares.
La capilla a domicilio: un marco a dos aguas, cortinero, candelabros, cristo, torcheros, alfombra, catafalco, cofre de latón, permisos y traslados, quizás la cremación: 4.500 bolívares.
Servicio en funeraria, de las más económicas, nueve mil bolívares.
Esas son las tarifas de Fredie. Las dos primeras las monta él solito con sus implementos, que son los suficientes para ocho servicios al mismo tiempo.
-Todo el equipo es mío. Lo venden en Mérida y en San Cristóbal. Cuando viajo a Los Andes me paro en una funeraria o en un sitio donde un don fabrica las cosas y son bien económicas y me las he ido trayendo poco a poco. Lo que me falta es la casa para montar mi propia funeraria.
Hoy tiene cinco rancheras adaptadas con una tabla de rodillos para que ruede la urna.
-Las mías las hice yo, porque esas camionetas vienen con asientos.
Con esas carrozas ofrece sus servicios de transporte y se los alquila a la funeraria La Virginia, a quienes también les gestiona otros trabajos.
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El negocio se cerró rápido. Cobró por todo dos mil bolívares fuertes. Por ese precio incluyó una urna de latón, el catafalco para sostenerla, dos candelabros, la preparación básica del cuerpo, las gestiones legales, el traslado y la cremación. Y aunque poco, algo ganó. En lo único que tuvo que invertir fue en el cofre y en la incineración, porque como se trataba de una familia sin recursos, consiguió que un amigo donara la preparación del cadáver. Todo lo demás lo puso él: Fredie Méndez, el mercader de la muerte.
El velorio, que ayudó a improvisar, fue para un hombre de 51 años que murió en el hospital Periférico de Catia por una insuficiencia respiratoria aguda. La familia del fallecido no tenía posibilidades económicas, así que desde la Oficina de Servicio Social del centro asistencial contactaron a Fredie y él llegó con su oferta: el más barato de todos sus servicios. Los deudos aceptaron. Entre todos reunieron y pagaron.
Fredie, ya con el dinero en las manos, se dispuso a organizarlo todo y a resolver rápido.
Mientras ese viernes terminaba con el papeleo necesario, en una plaza de Catia velaban al hombre de 51 años. En tres horas desde que contactaron a Fredie, estuvo todo listo; y bajo los árboles pintados de verde y amarillo, los amigos despedía a esa persona que según Fredie supo disfrutar bien la vida. El tiempo fue el necesario, ni más ni menos. Pronto el mercader de la muerte regresó hasta el velorio improvisado, con los documentos listos para cremar al fallecido.
Así después de la misa, Fredie y los amigos del hombre de 51 años levantaron en hombros el féretro, caminaron hasta la carroza, lo colocaron adentro y el mercader cumplió con el contrato. Unas cinco horas después regresó a Catia desde Las Clavellinas y en un cofre de madera entregó las cenizas a la familia.
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- Tu experiencia como vendedor de servicios fúnebres…
-Yo entré en este negocio en 1989. Me estrené con el Caracazo. Venía de ser mecánico automotriz. Conocí este trabajo a través de un señor que se llama Johny González que me dijo que necesitaba una persona de confianza que le arreglara los carros y entré a trabajar como mecánico en el garage Los Caobos de la Funeraria Los Caobo. Los carros siempre han sido mi pasión. Después con el pasar de los año fui agarrando experiencia, relacionándome con los difuntos hasta que llegué a ventas. Me metí de lleno en 1994. En ese año ya estaba de frente con la funeraria.
- En qué consistía tu trabajo y en qué consiste ahora.
- Anteriormente cuando empecé en este trabajo, pasábamos hasta 15 días organizando la funeraria, sin algún servicio… No había mucho trabajo. Actualmente, sí hay. No hay días en los que nos quedemos sin hacer algún servicio. Antes era algo muy tranquilo. Antes los velorios eran más respetuosos, más luctuoso, religiosos… todo un cortejo como debiera de ser. Todo serio, sin rochela, sin risas, sin alcohol. Ahora no, ahora es muy diferente. Ahora es alcohol, droga, tiros… trancan una autopista, se hace lo que ellos digan.
- ¿En qué año hubo una ruptura en la celebración de los velorios?
- Esto viene desde hace unos cuatro años. Eso no exisitía en el gremio funerario. Aquí los cortejos eran serios. En la autopista, por el canal derecho y despacio sin correr y sin molestar a las demás personas que vienen a nuestro alrededor. Ahora son sendos disturbios… ¿quiénes son ellos para cerrar la autopista Francisco Fajardo y la autopista hacia Guarenas? … que si el chamo fumaba marihuana en el 70 pues hay que subirlo para porner la urna en la piedra donde el muerto en vida se sentaba a fumarse el porro y echarle marihuana en la piedra… se perdieron los valores en ese aspecto. A veces lo tratan a uno mal, con vulgaridades y hasta agresivos. Pero no corremos peligro si cumplimos con lo que exigen. Sin embargo, los disturbios en los cortejos han aumentado. Tanto que prefiero mandar choferes y no hacerlos yo. Uno no se sabe si una bala de esas que ellos disparan viene y lo alcanza a uno.
- ¿La primera vez que trasladaste un muerto, no te dio miedo?
Sí. Bastante. Decidí quitar el retrovisor de la camioneta y mirar todo el tiempo al frente. Ya no me da miedo. Ya viajo tranquilo a cualquier hora.
- ¿A qué le tenías miedo?
- La muerte es un misterio, así que no sé a qué le tenía miedo. Quizás a eso, a no saber. Cuando era niño, yo no podía ir a un velorio porque no dormía, ni comía. Yo con 14 o 15 años, no qué va, a un velorio, que va. La primera vez que me quedé en la funeraria Los Chaguaramos, solo, suplí la guardia de un compañero que se tuvo que ir porque tenía un hijo enfermo. Hasta las 9 pm estaban los vecinos, los deudos y yo, todos conversando. Pero después de las nueve todo el mundo se fue y me dejaron solo. Aquí teníamos un cuerpo embalsamado que se iba a enviar al extranjero. Cuando me di cuenta que me había quedado solo, me puse a dar unas vueltas y me entraron los nervios y de repente cuando iba llegando a la oficina repicó el teléfono y salí corriendo y me senté afuera hasta que llegó al cuidador (risas).
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Fredie estudió hasta cuarto año de bachillerato. Tiene dos medios hermanos mayores. Su madre todavía vive y su padre también.
La pasión por su trabajo le costó un matrimonio de 17 años. Dice con añoranza que pasó mucho tiempo en la calle y su esposa se enamoró. Pero ya tiene novia otra vez y “todo bien, pa’ lante es pa allá”, dice resurgiendo de la tristeza. Del matrimonio interrumpido tiene un hijo de 18 años. Su muchacho sabe a qué se dedica su papá y lo admira. Nunca le ha faltado nada. Y hoy está en la universidad.
Sus amuletos son Dios y la Virgen, pero dice con incredulidad que conocedores le han asegurado que tiene dos ángeles que lo cuidan.
Hoy, este mercader de la muerte alterna su trabajo de la funeraria con el estacionamiento de su padrino porque los carros siempre han sido su hobbie y ahí disfruta.
- Yo honestamente le doy gracias a Dios, a la funeraria y a mi trabajo porque no he tenido problemas económicos. Al contrario… a veces me estreso por demasiado trabajo. Vamos a cumplir tres meses (a mediados de 2009) que todos los días tenemos dos o tres difuntos, de lunes a lunes, tiroteados. Aquí hablamos con los familiares y les explicamos que no pueden hacer destrozos y eso…
- La muerte la ves con dolor, con tristeza, pero es también un negocio.
-Claro, la muerte es mi trabajo, lo que pasa es que es un trabajo donde se gana bastante bien porque nadie lo quiere hacer. A nadie le gusta trabajar con difuntos. De 100 personas cuatro te dicen que si están dispuestos a vestir un difunto y eso por necesidad, pero por amor al trabajo no. El verdadero funerario lo hace por amor, y yo tengo amor por mi trabajo. Yo me esmero en que un difunto quede bien presentado ante la familia, es decir, no me gusta que el difunto quede en la urna pálido, como refeljando la muerte… no que va, a mí me gusta que se vea como si estuviera durmiendo, descansando… Esa es la imagen que le va a quedar a la gente en su mente.
El mercader de la muerte no sólo está pendiente de esa última imagen, sino que también dedica un rato para rezar con los deudos de los difuntos como agradecimiento. Agradece ese primer favor que el difunto le concedió… También reza por los muertos, sobre todo, los caídos a tiros en su país que también es el mío. Por ellos o en honor a ellos tiene un altar en su cuarto y allí también pronuncia una plegaria…
- Dales Señor el descanso eterno y brille para ellos la luz perpétua. Que descansen en paz. Amén. En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, amén.
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Nota importante
Este trabajo fue reporteado a comienzos de 2009. Ya a mediados de ese año, este personaje dejó de tener relaciones con la prensa por presiones en la Morgue de Bello Monte
Este trabajo fue reporteado a comienzos de 2009. Ya a mediados de ese año, este personaje dejó de tener relaciones con la prensa por presiones en la Morgue de Bello Monte


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