lunes, 25 de octubre de 2010

Deudos que lloran a sus muertos

jueves, 30 de septiembre de 2010

La otra forma de matar


Ilustración Oswaldo Dumont

Por Juan José Faría

La mujer escuchó a su nieto llorar. Eran las 2:15 de la mañana y había tomado algunas pastillas para dormir. El menor, de unos cinco años, seguía llorando aquella madrugada del 21 de agosto del 2008. La noche era igual a todas, sólo que el llanto infantil hacía eco en medio del silencio que arropaba la humilde residencia del barrio Sur América, en el municipio San Francisco del estado Zulia.

La señora salió de su cuarto para ver a su nieto, pero antes se acercó al patio. La puerta trasera estaba abierta. Unos pasos. Extendió el brazo hacia la puerta y cuando trató de alcanzarla para cerrarla se topó con algo blando y duro a la vez. Estaba colgando de un cable, con los brazos extendidos. El nudo en medio de la garganta hacía que el cadáver extendiera la cabeza hacia atrás y un viento lento y demoledor lo tambaleaba a los lados. La gravedad hacía esfuerzos para que la frente mirara al suelo, pero ésta se empeñaba en contemplar las ramas de un árbol y la boca entreabierta anunciaba a la perfección que la muerte había llegado de golpe. A la señora le fallaron las piernas. Era su hija, la menor de todos.

Todo indicaba que Yocelin del Carmen Vázquez Coronado, de apenas 26 años, se había suicidado. La joven madre, nueva profesional, siempre emprendedora y bella, colgaba esa noche, que de pronto se volvió helada, de un cable roído.

Los gritos despertaron a algunos y luego unos mensajes de texto en el teléfono le explicaban todo a aquella madre aterrada. Yocelin se había quitado la vida por los problemas que tenía con su esposo, de quien se separaba desde hacía dos meses. Le había explicado a su madre, con palabras desgarradoras, su último plan. Los mensajes también llegaron al teléfono de él, Yerlison José Miranda Olaya.

Al día siguiente todo había terminado. La joven estaba enterrada. El silencio de la familia Vázquez no hacía otra cosa que extender el doloroso luto de olvidar a un hijo y el llanto del esposo denotaba a sus allegados un remordimiento natural. Con la joven bajo tierra, no había proceso de reconciliación que salvara el matrimonio.

Dos años más tarde, aún con los recuerdos engarzados a la memoria, se supo la verdad. El 10 de marzo de 2010, una comisión de la Policía Científica del municipio San Francisco irrumpió en la casa de la familia Miranda. Era de tarde, y en una patrulla, esposado, se llevaron a Yerlison preso por el delito de homicidio intencional contra quien fuera su esposa. Había pasado el tiempo y las autoridades aparentaron siempre un total desinterés por el caso y la familia Vázquez se dedicó solo a llorar la prematura partida de la hermosa muchacha.
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Yoselin tenía 21 años cuando se casó con Yerlison. Era el primer novio que había llevado a la sala de su casa y sus constantes promesas de amor convencían a la familia de que, aunque prematuro, sería un matrimonio serio y duradero. Él, enamorado, la ayudó con sus estudios en la escuela de Comunicación Social en la Universidad del Zulia y la belleza de la joven le facilitaba su desempeño en cualquier área.

Ella no esperó su graduación para tener su primogénito. Faltaban semestres para recibir el título, pero sólo unos nueve meses para ser una madre feliz. Así que dividió su tiempo entre los cuadernos y los pañales para lograr ser madre y profesional.

La desilusión comenzó en 2007, cuando después de lucir toga y birrete se enfrentaba a la calamidad de encontrar trabajo en la Maracaibo cerrada de los medios de comunicación. Se conformó con ser la asesora de eventos de un canal regional, y se mostraba feliz al congraciarse con colegas conocidos en la región y por conocer personas a diario y mantener comunicación con nuevos amigos.

Poco después dejó el canal y se fue a una aseguradora que no le garantizaba futuro pero sí dinero. Su esposo, Yerlison, era el espectador del desenvolvimiento de su mujer en el mundo, mientras él se internaba en el taller mecánico con el que le daba de comer a su hijo.

Cuando Yoselin se operó los senos, para aumentarlos, comenzaron los problemas. La muchacha era alta y delgada, con curvas bien acentuadas. Tenía los ojos castaños. Su suave y tersa piel era del color de los crepúsculos por eso combinaba sin esfuerzos con el rubio oxigenado de su cabello. Era hermosa y siempre, mujeres y hombres tenían que ver con ella… su nueva talla en la copa del sostén la realzó todavía más… y desde ese momento, era constante cómo robaba las miradas de hombres lujuriosos y mujeres con envidia.

Para mayo de 2008, después de las prótesis, los problemas se agudizaron en casa de los padres de Yoselin, donde vivía con su esposo. El hombre se volvió celoso, iracundo y obstinado cuando la muchacha anunciaba una salida. Las semanas trajeron los insultos y éstos se convirtieron en maltratos hasta que llegó la inminente separación.

Los conflictos eran intermitentes. Él rogaba el perdón y ella se mostraba dudosa. Con el tiempo el hombre dormía de cuando en cuando en casa de Yoselin y pronto se vería de nuevo a la pareja junta.

-No sé qué pasaba con ellos. Ella se mantenía callada a pesar de todo-, contó en su oportunidad Yoleida, la madre de Yoselin, quien meses antes de hallar su cadáver colgando recibió dos tiros en la columna por resistirse al robo, aunque logró caminar después de algunas intervenciones, hoy depende de una silla de ruedas.

Ese 21 de agosto, después de encontrar a la hermosa morena enredada y colgada de una cuerda, ya de día, Yerlison había declarado en la sede de la policía científica que aunque la separación parecía no tener vuelta atrás, él había accedido a regresar con ella. Era cuestión de tiempo.

Yoleida a grito en cuello, un poco antes que la policía científica descolgara el cadáver, pedía una explicación; no entendía cómo su hija, una joven sin depresión aparente, acabaría doblegada por la sugerencia de una soga. Entonces los funcionarios comenzaron a investigar y sólo tardaron una semana para determinar los hechos.

La fiscalía 46 del Ministerio Público emitió la orden de aprehensión contra Miranda un año después del hallazgo. La autopsia había determinado que la mujer había muerto por sofocación y no por asfixia mecánica.

Los archivos policiales arrojaron que cuando los funcionarios procedieron a levantar el cadáver, el nudo del cable estaba sobre su garganta, lo que obligaba a la cabeza a inclinarse hacia atrás. En esa posición la dama habría muerto por fractura de cuello y no por sofocación.

Cuando una cuerda mata, primero fractura la tráquea y luego, de forma instantánea, evita el paso del aire. En este caso no fue así, y los funcionarios confirmaron sus dudas cuando notaron el color morado entre la boca y nariz de la dama.

Entonces, para los detectives estaba claro que se trataba de un homicidio, pero no había culpable aunque sí sospechoso. La otra evidencia delatora fue el teléfono celular. Con la autopsia se determinó que la data de muerte se registró a la 1:00 de la mañana, pero los mensajes que recibió Yoleida de su hija llegaron una hora más tarde.

Cuando se llevaron preso a Yerlison el joven juró inocencia, pero sus familiares prometieron venganza, y la familia Vázquez pidió protección al Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. Dos semanas después la fiscalía 46 del Ministerio Público le dio libertad a Yerlison desde que su defensa alegó que había elementos de convicción que lo desligaban de un homicidio. La coartada de su defensa decía que había testigos que aseguraban que Yerlison había dormido toda la noche en su cuarto y que no salió en horas de la madrugada.
Entonces los familiares de Yoselin olvidaron el miedo y lo dijeron todo más tarde: madre y padre de la muchacha fueron testigos de las golpizas que Yoselin recibía de su marido, y ella había pedido el divorcio después de haber encontrado el amor en un compañero de trabajo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

"Aquí la justicia soy yo"


Nancy Tibisay González tiene 42 años y un poquito más, asegura ella.

Hace un año aproximadamente, a esta mujer le mataron al hijo, que según dice más quería: Danny Wilson González, conocido también como “El Feo”. Tenía 27 años cuando lo asesinaron a tiros.

A Nancy Tibisay le gusta el malandreo, por eso rápido averiguó quién había matado a su muchacho. Con la información en las manos, alimentó el odio en el único varón que le quedaba vivo para que él vengara a su hermano.

-Daniel era un macho. A él no le gustaba el malandreo. Pero tenía que hacerlo. Tenía que matar al asesino de su hermano, porque si no, iban a decir que yo lo que tenía en la casa era una "mamita".

Está claro que esta mujer con mirada de fuego, no cree en las autoridades...

- Qué policía nada… que justicia nada… Aquí la justicia soy yo, porque la de verdá no hace nada por nadie… no voy a pedí justicia, yo misma soy la justicia, yo misma cobro a mi hijo. Ya uno está cansado… cómo es posible que a uno le maten a un hijo que es inocente y la policía no haga nada… uno mismo tiene que parir y matá al desgraciado que le mata al hijo a uno… Yo misma soy, el día que descubra quien fue yo misma voy a ir por esa persona…

Nancy es producto de la impunidad…

Según cifras de la Fiscalía General de la República, ese organismo investigó 373.044 casos de robos, hurtos, lesiones, homicidios y violaciones. Sin embargo, en solo 6% de esos (23.540) se solicitó a los tribunales el enjuiciamiento de los presuntos autores.

Por eso, por este 94% de impunidad, es que existen mujeres como Nancy Tibisay...

-Ahora yo misma soy, yo soy la original, me quitaron a dos hijos y con esa no me quedo, dice Nancy, la voz de la impunidad.

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IMPORTANTE: En Voces de la Muerte no nos hacemos responsable por el contenido del testimonio del video... Es responsabilidad del entrevistado...

sábado, 11 de septiembre de 2010

Inseguridad y Censura por Analitica.com

miércoles, 14 de julio de 2010

El sepulturero de Los Puertos

Foto cortesía. La falla es de origen

Texto: Juan José Faría

La haría llegar a su casa, le taparía la nariz con el trapo envenenado y obstruiría su respiración con sus propias manos.

Ya la fosa estaba hecha al lado del gallinero y debajo del cementerio de chatarra doméstica de la casa. La lanzaría allí, sin ayuda, frunciendo las vértebras y quebrando los brazos pálidos de su mujer. El cuerpo caería a unos pocos metros de profundidad, como saco de cemento sobre la arcilla caliente caliente, y cada montón de tierra enterraría, no solo a la mujer, sino cada minuto de rabia que había sentido al recibir la negación del concilio conyugal.

Hoy, ese patio, es el cementerio criminal del peor recuerdo de la familia, pero antes era el criadero de las gallinas que despertaban a diario a Leidy y a sus hijos. Un árbol de mamón le perturbaba la entrada al calor. Las gallinas parecían objetos en exhibición detrás de los alambres llenos de excremento. Unos electrodomésticos viejos avisaban que todo se estaba pudriendo con el tiempo, hasta el amor. La tierra, rojiza y suave, le daba la tonalidad opaca y sombría al patio, donde una silla deshilachada siempre esperaba por Ramón a la hora de fumar un cigarrillo y donde la familia se refugiaba de los sofocones que daba el verano zuliano e infinito de El Puerto de Altagracia, tan rodeado de playas como de malos momentos.

El tono amarillento de las paredes desenmascaraba sin pudor la ruina económica. Desde el umbral siempre se podía ver la carretera ya olvidada del barrio Bella Vista, que es más bien un caserío cercano de la casi obligada modernidad de Los Puertos. La casa siempre tuvo la tonalidad del barrio. Tan pobres ambos, como alejados del resto de la población. Nunca existió la envidia entre vecinos. La pobreza los ha arropado a todos.

En esa misma pobre casa, que compartieron por casi nueve años, Ramón Segundo Valbuena mató a su mujer como liberación salvaje de su frustración; luego, el cinismo le serviría para esconder las sombras de culpa que salpicaban su presencia.

A veces, después de haber enterrado a Leidy Coromoto Escalona, una mujer de bien conservados 30 años, Ramón caminaba cual vagabundo, alrededor de la nevera vieja que estaba en el patio y se sentaba frente a ella con la mirada en el piso. De cuando en cuando dejaba ver una lágrima y con sus dedos temblorosos se la secaba. Todo lo hacía frente a su suegra cuando, juntos, recordaban que su mujer, la que lo había abandonado unos días antes del Día de las Madres del año pasado, seguía desaparecida y sin rastros de tratarse de un abandono voluntario.

Ramón Valbuena fue, para sus hijos, sus suegros y sus vecinos, un hombre que pasaba por la vida como un fantasma. Conocido en el poblado de Bella Vista del estado Zulia, como un hombre trabajador, de vida monótona y sueldo bajo, con pocas aspiraciones…
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Para esta familia, el año pasado les entregó, desde el inicio, peleas diarias. Las acaloradas e insultantes palabras se adueñaron hasta de los ladrillos desnudos que le daban forma a la vivienda improvisada donde vivía la familia. Leidy, de risa escandalosa, poco pudor para las bromas y temperamento fuerte, esperaba que su hombre, el que había estado preso hacía años por robar unos cables telefónicos, le ofreciera una mejor vida. Ramón, todo lo contraro. Llevaba el andar pausado y la apatía en la frente; quería a sus hijos y les daba lo que podía.

Ante aquella desidia, Leidy decidió dejarlo. No esperó que la pobreza la consumiera. Así que durante los primeros días de mayo abandonó a Ramón. Se fue con otro. Ramón se quedó en la paupérrima casa con sus hijos, escondiendo el desespero de la frustración. A los pocos días, el hombre abandonado supo que Leidy vivía con Juan Carlos, el amante, en Los Jobitos, un poblado tan cercano a Bella Vista como lejano para Maracaibo, ambos enredados en el calor Zuliano. Ahí los patios siguen siendo de palmas de coco y los vecinos eran bienvenidos a cualquier hora. Ahí la risa de Leidy tenía más espectadores que en la roída vivienda de quien sería su pareja anterior y su asesino eterno.

Al enterarse de la traición, se ahogó en ira, y por muchos días hurgó entre la entrada de la casa y las respuestas de la mujer que lo había dejado. Así que planeó, con detalles, cada uno de los movimientos. El amoníaco lo compró en una farmacia. Consiguió un trapo cualquiera. Cuando tuvo ambos, pensó en cómo deshacerse del cadáver sin dejar rastro.

Así que comenzó a cavar un hueco en el patio de su casa y pidió al mayor de sus hijos que lo ayudara. El muchacho no se negó, pero le desconcertó la petición.

-Es para hacer un pozo séptico- le dijo Ramón, con la plena convicción de que allí acabaría el excremento familiar.

Cuando todo estuvo dispuesto, Ramón llamó a Leidy y le pidió que regresara a buscar las cosas que había dejado. Era la excusa.

Tal como lo planeó, Leidy entró y Ramón, con el trapo envenenado cumplió el cometido.

Días más tarde, el segundo domingo de mayo, Ramón fue a casa de sus suegros. Luego de festejar el Día de las Madres, les confesó a los padres de su ex mujer que ella lo había dejado por otro. Explicó que poco después del abandono, supo que Leidy se había ido en un taxi, con la infidelidad a cuestas, rumbo a Maracaibo. Nadie sabía nada de ella y todos se preocuparon.

Ante la falta de noticias, Ramón corrió a una comisaría y denunció que Leidy había desaparecido. Con las incipientes investigaciones se determinó, aunque con muchas dudas, que pudo ser una huída voluntaria. Pero nunca hubo conclusión de algo. Eso sí, había un sospechoso: Ramón. Pero nada más. Faltaban pruebas, indicios... faltaba todo.
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Desde que Ramón visitó a sus suegros, las pesadillas fueron constantes. En sueños, sentía el sofoco de la mujer luchado contra el trapo apretado a la nariz… luego recordaba la sensación de cómo se desvanecía la vida de su compañera en sus brazos. Después, sin perder detalle revivía cómo, todavía caliente, la enterraba en el patio de esa casa que alguna vez fue un hogar.

Ante los repetidos y cada vez más agudos remordimientos, Ramón decidió confesar todo. Lo hizo un mes después de ese fatídico Día de las Madres. Llegó a la misma comisaría donde hizo la denuncia de la desaparición de su mujer y se declaró culpable. Luego entre lágrimas, describió con detalle cómo fue que pasó todo.

Para los policías, Ramón siempre fue el principal sospechoso, aunque no encontraron pruebas que lo incriminaran.

Después de la larga confesión, los oficiales llegaron a la destartalada y calurosa casa, y fueron, junto al asesino, hasta la nevera. Comenzaron a desenterrar y a encontrar cosas. De la fosa donde enterraron el cadáver de Leidy, que había construido Ramón junto con su inocente hijo, primero sacaron varios de los objetos inútiles de la casa. Luego el cuerpo.

El penetrante olor del cuerpo descompuesto asqueó a todos los que allí estábamos. El rostro de la muerte plantado con el barro, mortificó, con su presencia, a los vecinos asombrados. El asco creció cuando cada movimiento, cada escombro, cada pedazo de cemento, dio razón a todo lo que había confesado Ramón. Había detallado, con parsimonia y sin titubeos, cada uno de los pasos que dio y dejó de dar para dar muerte y enterrar el cuerpo de su esposa.

Ante aquel crimen casi perfecto, todos se preguntaban por qué el sepulturero de Los Puertos se delató. Nadie entendía, pero él, Ramón, sí lo tenía claro…

-El cuerpo de Leidy lo tenía enterrado en la cabeza- dijo el hombre, arrepentido, unas horas antes de ingresar al retén de Cabimas.

martes, 15 de junio de 2010

La voz de nuestros lectores

María Fernanda F. es trabajadora social. Nos escribió el 26 de mayo luego de escuchar una entrevista con César Miguel Rondón. Su voz está hoy aquí porque vale la pena vivir con ella su experiencia… Hoy, con menos miedo que antes, trabaja en uno de los tantísimos que rodean a Caracas. En una oportunidad se quedó atrapada en un tiroteo. Sobrevivió, pero el momento la marcó. Ése es el que hoy comparte con nosotros…

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Nací y crecí en un barrio caraqueño. Soy Trabajadora Social y durante el año 1998 y parte de 1999, estuve haciendo encuestas de población y familia en Petare, todo Petare.

Fue una experiencia difícil pero enriquecedora. En una oportunidad nos agarró un tiroteo. Fue un sábado a las 10:30 am. Éramos un grupo de 6 muchachas y estábamos divididas en dos subgrupos.

La única proveniente de un barrio era yo, por lo tanto me desenvolví mejor cuando me tocó encontrar vías de acceso para ubicar al resto del grupo.

Nos refugiamos en una casa, allí se escuchaban los tiros. Era espantoso. Y ciertamente los niños no se inmutan por el sonido de los disparos. En esa casa pequeñísima, había un nené de 4 años y simplemente seguía conectado al televisor, no parecía importarle. Fue mi tercer o cuarto tiroteo, pero el que más me impresionó: estábamos lejos del sitio donde ocurría la guerra, sonaron los disparos (antes eran menos), todo el barrio quedó en silencio ( y es una constante que hoy día se mantiene) y luego los gritos de dolor, el barullo.

Había caído un malandro, un adolescente.

Yo ubiqué los callejones correctos y llegamos a la calle principal donde estaba el resto del grupo. El grupo se reagrupó y nos guarecimos en la casa de la mamá de un malandro que habíamos conocido dos días antes (él no conocía que significaba UCV). Las muchachas querían salir y yo les pedí que esperaran, sabía que faltaba que pasara algo más. Y así fue. Llegó la policía de Sucre, tomaron al moribundo y lo lanzaron dentro del jeep, con mucha fuerza, me imagino que allí si se terminó de morir, luego comenzaron la "captura" de un testigo, comenzó una batalla entre la policía y los hombres que estaban en el sitio. Las mujeres comenzaron a lanzar objetos contundentes contra los policías, desde la parte alta de las casas; luego de unos minutos, la policía capturo a un “testigo” y lo lanzaron en el jeep junto al moribundo.

Casi de inmediato, una mujer sacó un tobo con agua de su casa y lo echó sobre el piso donde minutos antes estuvo el herido. La sangre corrió por la calle y paso frente a mis pies; la imagen me recordó a un matadero de ganado, y todavía no se me olvida. La algarabía seguía.

Pasó una camioneta por puesto y alguien la detuvo. “Saquen a las de la universidad” gritó alguien… y nos montaron a todas. En la puerta de la camioneta se colocaron dos malandros que a lo largo del trayecto iban silbando muy, muy fuerte. También gritaban para anunciar que había caído un conocido, no recuerdo el nombre del infortunado. Nos acompañaron casi toda la ruta. Se bajaron antes de llegar a las adyacencias de El Metro. Hasta allí llegó mi resistencia, me senté en el piso de la estación a llorar, fue una experiencia muy dura.

Sí, me imagino que ese niño de 4 años actualmente tendrá 16 años (si sobrevivió), y para él debe ser normal el sonido de las balas, pero pienso que para la gente que vive en el barrio, el sonido de las balas siempre causará zozobra, temor... es algo inmediato; es saber que seguramente una vida se está yendo. Después del golpe de las balas siempre se escucha ese silencio pavoroso, tan horrible como los sonidos de los plomos; indistintamente del sector donde uno viva, la presencia de la muerte y de la violencia, espanta.

Sigo trabajando en barrios, en un sector donde ya me conocen un poco y me siento más tranquila. Claro, sigo sintiendo un frío, que solo lo puedo describir como un vacío en el estómago, cuando entro a la zona más álgida o cuando uno de los “duros” de la zona me mira fijamente porque piensa que me estoy entrometiendo en sus predios. Gracias a Dios me ha pasado solo dos veces.

sábado, 5 de junio de 2010

Tiros, drogas y lágrimas... último adiós

Video cortesía de un policía. La falla es de origen.
Entierro de un malandro en 2009 en un barrio de El Cementerio.
Agradecimiento especial al Capitán Bizarro por la edición.

“El clima de violencia también ha influido sobre las maneras de realizar los diferentes ritos funerarios (…) Los ritos fúnebres evidencian la creencia de una vida en el más allá. Las ofrendas son las provisiones brindadas al difunto para que le acompañen en el viaje. (…) La variedad de los homenajes está determinada por rasgos característicos de la vida del fallecido”. Cultos y Cementerios de Eugenia Villapose.

Las balas se convierten en lágrimas y el bramido de las motos en gritos desgarrados. La droga y el alcohol alimentan el dolor y la rabia. Y todos juntos: las balas, el rugido de las motos, el alcohol y la droga se convierten el en trampolín que impulsa la declaración de guerra, esa que se desatará para vengar la muerte del que hoy lloran.

Pero también hay música y baile. Las bocinas de los carros entonan las canciones que en vida le gustaban al que ya no está. También suenan melodías que amigos, familiares, esposas, novias o queridas, deciden dedicarle para darle el último adiós: salsa, reggeaton, vallenato y hasta rancheras. Mientras alguien canta, los seis amigos que levantan el féretro y se lo apoyan en los hombros para sacarlo de la sala del velatorio, se disponen a bailar al muerto. Sincronizados en el balanceo, dan cuatro pasos hacia adelante y dos hacia atrás. A veces el balanceo se hace en el mismo sitio. Así empieza la entrega.

Hay tiros. Los hay en la funeraria, en el sitio preferido del muerto, en la vía hacia el cementerio y en el cementerio. Los niños que acompañan a sus padres en aquella despedida espeluznante, ni se inmutan. Mientras las balas suenan, ellos bailan, inocentes, al ritmo de la canción dedicada. No entienden que hay una guerra, sólo la viven y juegan en ella. Así son algunos velorios en los barrios de Caracas… Cantan, tararean, juran venganza, lloran, bailan. Fuman, aspiran, beben del pico de distintas botellas: anís, ron, cerveza... Y hasta las mujeres disparan al aire. Ellas también saben cómo es que en los barrios se declara una guerra.

jueves, 13 de mayo de 2010

Sábanas que acurrucan la muerte



El rojo empapa rápido el trozo de tela. La figura sin sentido se hace cada vez más grande. Hay llanto salado, dolor rancio, impotencia amarga, miedo ácido. Hay también una bala de por medio. Sólo una.

Han pasado ya seis horas desde que el plomo atravesó a José Antonio Querales por el costado derecho. Él, que salía de una fiesta que se celebraba cerca de su casa, no tuvo tiempo de pedir ayuda. Caminaba solo a las 3:34 de la mañana cuando alguien o algunos le dispararon. Fue una bala que salió desde lo más profundo de un callejón.
José Antonio trató de caminar, pero sólo atinó a dar unos cinco pasos, no más. Después se desplomó, se desmayó y de a poco dejó de respirar.

A las 6:10 de esa misma mañana, Juana Querales salió de su casa para comprar el periódico. Acostumbrada a la guerra de su barrio capitalino, no se extrañó al ver de lejos el cuerpo de un muchacho. Se persignó, murmuró una oración, quizás una petición, y decidió acercarse. A pocos metros del cuerpo ya sabía quién era. Su corazón empezó a galopar y trató de correr.

Llegó rápido. Cuando tuvo el cuerpo a sus pies gritó y se dejó caer de rodillas. Tomó la cabeza del cuerpo frío y desangrado, la acurrucó en su pecho y lloró desesperada.

-Hijo, ¿Por qué te mataron?

La pregunta era el eco de otras 25 que hasta ese domingo, madres y tías pronunciaban, una y otra vez sin encontrar una respuesta.

Después de apretar a su muchacho, Juana lo acomodó en la calle, se levantó toda llena de sangre y corrió a su casa. Adentro, nerviosa, con la voz temblorosa y los ojos mojados, despertó a su hija sin disimular la noticia. Y mientras le exigía que corriera a la casa de su hermana María para contar lo ocurrido, ella se apuraba a conseguir una sábana. Agarró la primera que encontró.

Ya otras veces había tenido que donar alguna para cubrir el cuerpo de alguien que también a tiros había muerto en su barrio. Así trataban de hacer un poco más digna la espera.

Rápido regresó y arropó a su sobrino, ése que había vivido con ella de tanto en tanto. Lo acomodó. Y a su lado se quedó sentada. Ahí junto a José Antonio la muerte empezaba a hablar. Su voz era la de Juana, la del asesino, la del que iría a recoger el cuerpo, la del funerario que vendería el servicio a la familia, la del que prepararía al muerto, la del que lo enterraría, la del que quizás profane su tumba…

Pero hoy empezamos por escuchar a Juana. Las voces colmadas de dolor siempre son las primeras que hablan… Sus historias, como las de todos, empiezan con un tiro y con muchas lágrimas, con horas de lágrimas. Las de Juana sólo se secaron un rato pasadas las 9:30 de la mañana de ese domingo cuando un furgón de la morgue de Bello Monte llegó a recoger el cuerpo.

A esa hora, y como tantas otras veces, la tela sirvió para algo más que para esconder el cuerpo de los curiosos y de las moscas. Sirvió para que los furgoneteros la convirtieran en parihuela y con ella pudieran levantar a José Antonio y luego lanzarlo adentro de la cava. Sirvió además para bajarlo y dejarlo en la sala de autopsias una hora después. Su sábana, esa que lo había arropado del frío una noche antes, que había protegido a su bebé cuando dos días atrás se lo llevaron para que pasara el día con él, que había secado lágrimas y que había sido testigo de la creación de una vida, lo acompaña hoy y lo acurruca hasta el final.

Las sábanas siempre están allí entre las voces de la muerte y las miradas. Es una constante que se repite en el país. Más de cien mil pedazos de tela se han empapado de sangre porque en Caracas, las sábanas también acurrucan a los que mueren a tiros.
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